Para que un columpio vaya aumentando su amplitud, tenemos que empujarlo cada vez que nos llega a las manos. Es decir, tenemos que empujarlo con la misma frecuencia con la que él oscila. Llega un momento en el que ya no empujamos tan fuerte y aun así va cada vez más rápido y no deja de subir. Esto ocurre porque la fuerza externa (nuestro empuje) está en resonancia con el columpio. Es entonces que la única manera de detenerlo es interponernos en su camino, interrumpiendo así su frecuencia de oscilación.

Ésta no es una propiedad exclusiva de los columpios, los objetos que oscilan o vibran (resortes, cuerdas, puentes o edificios) son sistemas que puede entrar en resonancia. Cuando estos sistemas están en resonancia oscilan tanto que pueden llegar a destruirse o caerse si no hay una fuerza que los amortigüe.

En septiembre de 1985, miles de construcciones capitalinas se derrumbaron porque el sismo tenía una frecuencia que era igual a las frecuencias de oscilación de los edificios. Entraron en resonancia y no contaban con mecanismos para amortiguar las vibraciones.