Oliveira nació el 12 de diciembre de 1908 en la cuna de una familia
de desahogada posición económica su padre era un
industrial. Educado por los jesuitas, enamorado del cine desde
muy joven siempre fue un espectador asiduo buscó
aproximarse a él, no con el propósito de llegar a dirigir,
sino como actor, tarea para la cual contaba con la ventaja de su prestancia
física y su condición atlética: había sido
campeón de salto en alto, trapecista y corredor de autos, disciplina
en la que obtuvo más de un triunfo resonante.
Eran,
todavía, los tiempos del cine mudo. Oliveira hizo su primera
aparición en pantalla en una película de Rino Lupo, un
italiano que contribuyó al desarrollo del cine portugués
en los años veinte. Siguió actuando aun después
de haber hecho sus primeros ensayos como director, llegó ser
el protagonista del primer film sonoro rodado en su país ("A
canção de Lisboa") y apareció alguna vez,
fugazmente, en películas propias; también lo hace en "Viaje
al principio del mundo", aunque apenas si se deja ver al
volante del vehículo que transporta a los viajeros.
En
1931, hizo su primer corto. "Douro, faina fluvial"
mostraba la influencia que ejercían en él Robert Flaherty
y los documentalistas soviéticos; era la precisa descripción
de una jornada de trabajo a la orilla del río Duero. El filme
fue muy mal recibido y tampoco logró mejorar las cosas la versión
sonorizada que presentó en 1934. Sin embargo, esta obra ya revelaba
su particular sensibilidad y su espíritu afín a las vanguardias
europeas.
El
documental, cabe añadir, constituye una de las dos vertientes
que exhibe la obra fílmica de Manoel de Oliveira; la otra es
la ficción, con una marcada predilección por la teatralidad
y una casi constante reflexión acerca de la naturaleza del arte
y el espectáculo.
Tras
el fracaso del primer film, que había sido producido por su padre,
Oliveira debió trabajar en las empresas familiares. Fue un alejamiento
del cine sólo interrumpido por otros dos ejercicios documentales:
"Já se fabricam automóveis en Portugal"
y "Miramar, praia de rosas", ambos de 1939.
En
1942 volvió a dirigir. "Aniki Bobó",
interpretada por una pandilla de chicos de las calles de Oporto, film
directo, simple, vivo, que supuso, más allá de cierto
sentimentalismo, un logro excepcional, sobre todo si se tiene en cuenta
que fue anterior al neorrealismo italiano.
Vino
después otra larga interrupción. Catorce años en
los que Oliveira tropezó con la dificultad de hallar productor
para sus proyectos. Volvió con "El pintor y la ciudad"
(l956), donde eligió un rumbo distinto para su lenguaje, al dejar
de poner el acento en el montaje y empezar a utilizar los planos largos
por los cuales ha recibido algún reproche de la crítica.
Obra de Oliveira como realizador